
Hoy, en cambio, tiene una botella de vino blanco sobre su almohada. No recuerda cuántas copas se ha tomado, pero han sido las suficientes para diluir sus preocupaciones. En lo único que no ha podido dejar de pensar es en ese chico que la visita desde hace unas noches atrás. El jueves le reveló que se llamaba Alejandro. El viernes le regaló un dije con forma de duende. Y ayer llegó con guitarra en mano, dedicándole unas estrofas antes de desaparecer.
- Todavía no me dices que te ha traído por estos lados… - le había dicho Sofía en un intento de reclamo
- ¿Y quién te dice que vengo por voluntad propia, y no que tú me traes? Por cierto. Feliz cumpleaños atrasado
- ¡Deja de responder con preguntas! O me dices ahora mismo qué estás buscando o te largas …
- ¿Qué no ves? No es mi respuesta la que brilla por su ausencia… es tu cordura – le había dicho Alejandro tras un guiño.
- De paso me llamas loca, eh? Sigo esperando una explicación de tu parte… para mí nada de esto tiene sentido, pero tú sigues viniendo todas las noches…
- ¿Por qué te preocupa tanto el sentido de las cosas? Naturalmente, las cosas no tienen más sentido que el que le asignamos nosotros. Respira.

Incoherentes. Así eran todas las conversaciones entre ellos. Y breves, como si a la vida le faltara tiempo. Sofía se había vuelto adicta desde el primer minuto a la compañía de Alejandro. Esperaba con ansias la puesta del sol porque, de pronto, ese tormento que representaba intentar dormir, se había convertido en un motivo para sonreír. Eran minutos en los que paseaba por una montaña rusa. Mordiéndose las uñas por temor a que Alejandro no volviera. Sonrojándose cuando él improvisaba su llegada. Temblando cuando se daba cuenta de que se quedaba sin palabras.
Todo esto estaba a su alcance. Bastaba una dosis de 2mg de Rivotril antes de irse a la cama, para tener todo lo que siempre había deseado.






